El turismo joven en Mar del Plata: cómo se vive el verano en clave generacional

En un destino masivo donde conviven múltiples formas de viajar, el turismo joven no es un “nicho menor”: es un segmento con peso propio —del orden de cientos de miles de visitantes por verano— que combina sociabilidad, planificación flexible y uso intensivo de lo digital. Analizamos qué comparten jóvenes y no jóvenes y qué rasgos distinguen al modo juvenil de vivir, usar y recordar la ciudad.

 

Por Gabriel Coronello Aldao*

 

Mar del Plata es un destino masivo y, precisamente por eso, alberga múltiples formas de viajar que conviven en simultáneo: familias que buscan descanso, parejas que combinan paseo y gastronomía, grupos de amigos que priorizan la agenda social, visitantes primerizos y también “repetidores”.

En ese entramado, el turismo joven ocupa un lugar particular: no solo por su presencia, sino por su manera específica de planificar, moverse, consumir y, sobre todo, recordar la experiencia.

En un destino de esta escala, segmentar no es encasillar ni inventar etiquetas: es reconocer que, por volumen, distintas formas de viajar adquieren “masa crítica” y conviven con expectativas propias.

Lo que para algunos es descanso y playa, para otros es agenda social; lo que para unos es desconexión, para otros es movimiento constante entre puntos de la ciudad. Entender esa diversidad no solo ayuda a comprender mejor la experiencia turística: también aporta información valiosa para el sector turístico y para la gestión urbana, porque permite planificar oferta, anticipar demandas y mejorar la convivencia entre usos distintos del mismo espacio.

Fotos: Diario La Capital

 

El estudio completo: Perfil y comportamiento del turista. Turismo Joven

 

En los últimos años, el turismo joven empezó a ocupar un lugar cada vez más visible en la conversación local, y con él creció el interés del sector público y privado por comprender mejor el fenómeno.

Desde el Observatorio decidimos entonces estudiarlo en profundidad: más allá de que “se vean jóvenes” en la ciudad durante el verano, es válido preguntarse si ese turismo tiene una entidad propia, con rasgos distintivos y patrones reconocibles que valga la pena identificar para entender mejor cómo se vive el destino y qué desafíos y oportunidades plantea.

Esa pregunta, además, no aparece en el vacío. Mar del Plata tiene una presencia juvenil históricamente identificable en distintas épocas: la ciudad ha tenido —y sigue teniendo— circuitos, servicios y escenas que el público joven reconoce, recuerda y resignifica.

Cambian los consumos, cambian los lugares “de moda” y cambian las formas de organizar la salida, pero la presencia juvenil en la experiencia turística marplatense se mantiene como un rasgo visible del verano, asociado a la vida urbana, los espacios de encuentro, ciertas playas elegidas por grupos y una agenda que suele desarrollarse durante las 24 horas de cada jornada.

Mirar este fenómeno hoy, sin embargo, exige actualizar la mirada. Las nuevas generaciones planifican distinto, se informan distinto, registran y comparten distinto, y también evalúan un destino con criterios que ganaron peso en los últimos años: precio, seguridad, movilidad, ambiente, calidad del servicio, autenticidad, entre otros.

Por eso, estudiar el turismo joven es entender qué permanece, qué se transforma y qué nuevas demandas emergen en una ciudad que, en verano, concentra simultáneamente ritmos diurnos y nocturnos, expectativas de descanso y de sociabilidad, y usos diversos del espacio público.

Para responder esas preguntas nos apoyamos en una base de 3.035 encuestas presenciales realizadas a turistas mayores de 18 años durante los veranos entre 2021 y 2026. Con ese material, nos propusimos  caracterizar el turismo joven (18 a 30 años) en Mar del Plata y compararlo con el turismo no joven (mayores de 30), identificando similitudes y diferencias en el perfil del visitante, el modo de viaje, la planificación, el uso del destino, las percepciones y la evaluación de la experiencia turística.

Síntesis de estudio: Perfil y comportamiento del turista. Turismo Joven. Versión Ejecutiva

A partir de ahí, es posible mirar primero lo que ambos grupos comparten —porque el verano marplatense tiene un “piso” común— y, sobre esa base, señalar dónde aparecen rasgos más propios del turismo joven, especialmente cuando entran en juego los vínculos con los que se viaja, la forma de planificar y el modo de recordar la experiencia.

La comparación, en este sentido, no busca etiquetar ni simplificar, sino aportar un marco de referencia: distinguir qué rasgos atraviesan a todos los turistas y cuáles se asocian más claramente al segmento juvenil, evitando lecturas basadas solo en impresiones.

Antes de entrar en resultados, cabe preguntarse qué entendemos por “turismo joven”. No existe una única definición: para algunos enfoques es, ante todo, una cuestión etaria; para otros, remite más bien a un estilo de viaje asociado a cierta flexibilidad en la planificación, un peso mayor de lo experiencial y lo social, y un uso más intenso de herramientas digitales.

En nuestro caso adoptamos un criterio operativo para poder medir y comparar: consideramos turismo joven al de las personas entre 18 y 30 años, y lo contrastamos con el turismo no joven (mayores de 30). Este recorte no pretende agotar el fenómeno —porque existen prácticas y consumos “juveniles” que atraviesan otras edades—, pero sí nos permite observar patrones con claridad y sostener un análisis consistente.

En Mar del Plata, el turismo joven de verano se caracteriza, sobre todo, por una combinación muy propia del destino: la ciudad como escenario de sociabilidad, la playa como base cotidiana, y un modo de viaje más flexible y digital, que se apoya en decisiones rápidas y en la coordinación con pares. Y esa singularidad tiene que ver con algo estructural: Mar del Plata combina, como pocos destinos del país, playa y vida urbana en un mismo paquete. Esa mezcla potencia experiencias asociadas al disfrute con amigos, a la circulación por distintos puntos de la ciudad y a consumos que no se limitan al descanso.

En concreto, lo que aparece con más fuerza es esto. El viaje se organiza alrededor del grupo. En el segmento joven domina el viaje con amigos, lo que ordena horarios, actividades y expectativas: la experiencia no se vive tanto como “descanso” sino como plan compartido, con espacios de encuentro y una agenda que suele extenderse hacia la tarde-noche. En paralelo, la planificación es más elástica.

Comparado con mayores de 30, el turismo joven tiende a decidir con menos anticipación y a resolver más cosas “en el camino”. Eso no significa desorden, sino una lógica de viaje que combina oportunidades, disponibilidad de tiempo, acuerdos dentro del grupo y búsqueda de opciones convenientes.

En ese mismo sentido, lo digital es parte del viaje, no un complemento. Los jóvenes usan internet con más intensidad para informarse y organizar, y también para gestionar aspectos prácticos (reserva, entradas, transporte), mientras que varias decisiones se terminan de cerrar en destino. En la estadía, las apps y el teléfono acompañan el movimiento: ubicarse, coordinar, elegir, comparar. Y también aparece una sensibilidad mayor al precio: a la hora de elegir alojamiento, el turismo joven muestra un foco más marcado en el costo, tanto por presupuesto como por la forma de organizar gastos en grupo. En cambio, en no jóvenes suele pesar más la ubicación y el acceso a opciones sin costo (propio/prestado).

Pero tal vez el rasgo más potente —por lo que sugiere sobre la relación con el destino— es que el vínculo con Mar del Plata suele venir de antes. La enorme mayoría de jóvenes ya conocía la ciudad: para muchos, Mar del Plata no se “descubre” a los 20, sino que se retoma. En muchos casos, esa relación se inicia con viajes familiares en la infancia y luego se resignifica: la misma ciudad, otra etapa de vida, otros ritmos, otras apropiaciones. En ese pasaje, la fidelización no aparece como una estrategia externa, sino como una experiencia acumulada: un lugar que marca y al que se vuelve.

Las preguntas abiertas del estudio refuerzan esta lectura desde otro ángulo: la identidad y el recuerdo se construyen distinto. Los jóvenes tienden a asociar Mar del Plata más directamente con el mar y la costa como experiencia central, y cuando proyectan qué van a recordar, aparece con fuerza lo social: los momentos compartidos, las salidas, la intensidad del verano vivido con pares.

Al mismo tiempo, esa experiencia juvenil no ocurre aislada: convive con otros públicos y otras agendas, y por eso es clave pensar también en la convivencia de ritmos y usos —diurnos y nocturnos, descanso y sociabilidad— como parte del funcionamiento turístico de la ciudad en temporada alta.

Y, aun con estas particularidades, convive con algo transversal: jóvenes y no jóvenes comparten un “piso” del verano marplatense —playa, paseo, gastronomía, circuitos urbanos— y evalúan la experiencia con niveles muy altos de satisfacción. El destino es el mismo; lo que cambia es el modo de habitarlo. En un punto, esa puede ser la mejor síntesis: Mar del Plata no es una sola ciudad en verano, sino muchas experiencias simultáneas sobre el mismo territorio, y entenderlas es una condición necesaria para gestionar mejor el destino.

 

 

*Director Observatorio Universitario de la Ciudad

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