Carta de la Directora

“Yo no nací aquí pero el mar me hizo suyo:

a mí me atrapó esa planicie que está detrás de las olas,

                                                                             la que  florece oscura cuando llegan las lluvias,

la que no deja un solo día de rugir

y se balancea inmemorial como un parpadeo.

Yo no nací aquí pero el mar me hizo suyo:

yo no lo amaba pero ahora lo amo…”

Rafael F. Oteriño

La ciudad, como ámbito natural de lo social, es un lugar donde discurre y sucede aquello que es koinón, lo común. Y el hombre es, plenamente hombre, en virtud de su participación en ese koinón que es, básicamente, lo que constituye la realidad social y política.

Ahora bien, como toda realidad social, la más inmediata y próxima, que es la de la ciudad que habitamos, se configura según una matriz simbólica cuyas coordenadas son culturales e históricas. En efecto, la existencia humana, sólo posible en el ámbito de la sociedad es una existencia histórica y fundamentalmente simbólica. Estas características hacen de la ciudad una realidad práctica, multidimensional y polisémica.

Conocer, entonces, la ciudad, implica aproximarse a su realidad desde múltiples perspectivas y niveles: el de los datos de la realidad y también el de la autointerpretación que la sociedad hace de sí misma, importante sin duda, por su innegable carácter configurador. Se trata de apoderarse de los símbolos que se producen en el contorno social, examinar los significados que tienen en el lenguaje común, desentrañar sus dimensiones….

Este es el sentido del Observatorio de la ciudad: colaborar en el proceso de desentrañamiento de lo que nos es común: nuestra ciudad. Sólo a partir de este autoconocimiento es posible pensar en una ciudad digna y común, en consonancia con la dignidad de la persona que la habita, y su naturaleza social.

 

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Dra. Amelia Ramirez

Directora

Observatorio de la ciudad